PA´L MONTE

Nos habíamos conocido con Hugo hacía un tiempo atrás y coincidimos en lo de mi hijo, cuando fuimos a trabajar en su casita nueva.
Allí, entre tareas y bromas de por medio, conversamos de
todo un poco y descubrimos varias cosas en común: la música, el campo, esa
forma tranquila de encarar la vida.
Al poco
tiempo, sin demasiadas vueltas, me invitó a compartir un campamento con otros
amigos. No lo sabía entonces, pero esa invitación terminaría siendo el comienzo
de muchas historias para contar.
Mucho
antes de llegar al monte, el campamento ya estaba en marcha. Desde hacía meses,
un grupo de WhatsApp concentraba los preparativos, las decisiones y las ganas. Si
bien en el grupo éramos catorce, era difícil que todos coincidieran. Así fue, fuimos los que pudimos acomodarnos para el viaje, pero todos con el mismo sentido de hermandad cristiana que
no necesita demasiadas explicaciones.
Salimos cuando el calendario anual todavía no había cambiado. Era 29 de diciembre, pero la ciudad ya empezaba a despedir el año a fuerza de bocinazos, abrazos y tragos largos
En tres vehículos, cargamos lo necesario: cañas, botes, un kayak, carpas, sillas, toldos, freezer, generador y esa expectativa tranquila que solo aparece cuando uno sabe que va pa’l monte.
No se
hablaba mucho; cada cosa iba encontrando su lugar, y el viaje empezaba sin
anuncio, como empiezan las cosas importantes.
Eran las
dos de la madrugada cuando arrancamos. Había mucho entusiasmo y expectativas.
Habíamos quedado en encontrarnos con el resto del grupo bajo el puente de La Palmita, en la intersección de las rutas 11 y 8. Estuvimos esperando unos veinte minutos y no veíamos a nadie; bajo el puente, los únicos presentes eran unos vendedores de sandía que pernoctaban allí, con un puesto grande ya armado.
Al final resultó que los demás no estaban en el punto de encuentro, sino unas cuadras más adelante. Cuando nos encontramos, no faltaron las bromas y las risas de rigor; que dónde se habían metido, que nosotros esperando como novia en el altar y ustedes ya estaban de luna de miel. Jajaja…
El
paisaje campero, a cada lado del camino, se dejaba disfrutar; tacuruses por
doquier, ganado, aves de todo tipo. Entre charla, mate, cuentos y risas, la
perorata de Jorge, el bombero, que iba de
copiloto, no dejaba pasar un solo reclame. Hugo, con los ojos como dos huevos,
lo miraba de reojo, como preguntándose si no se le acabarían las pilas por un
rato. Sin embargo, el viaje resultó muy ameno y, además, Jorge cumplió a la
perfección su función de copiloto y el chofer no se durmió. Yo apenas pude
descabezar un sueño. Pablo y Nahuel, de a ratos festejaban las mentiras y
cuentos de Jorge que sorprendían su juventud.
Habían pasado cuatro o cinco horas de viaje. La ruta pavimentada al pasar el pueblo de Rincón había quedado atrás y ya íbamos por camino de balastro cuando, de pronto, un ruido extraño en el tráiler nos alertó de que algo no estaba bien…
El
trayecto continuó de forma tan amena que los kilómetros restantes parecían no
existir. La fauna del lugar se desplegaba como espectáculo natural: garzas
blancas enormes, aguiluchos de buen porte, viuditas blancas y cardenales al
costado del camino, picoteando los granos que los camiones dejaban caer. Todo
eso pasaba mientras la charla, el mate y las risas iban marcando el ritmo del
viaje, y uno se sentía más parte del monte que de cualquier ruta pavimentada.
Finalmente, cerca de las ocho y media de la mañana, llegamos al campo. El sol ya había avanzado buena parte de su recorrido y comenzaba a calentar el aire desde temprano.
En la
portera nos dio la bienvenida el peón de la estancia Antonio alias "El
dedo" con quien Hugo tuvo la deferencia de obsequiarle una botella de vino
casero. Le decían así porque había perdido su dedo pulgar" llevando un
potro de tiro. El animal se puso bravo y enredó la cuerda cortándole el dedo y
bromeaba mucho con eso, que no podía tener Facebook porque no podía decir
"me gusta" con el dedo hacia arriba.
Transitamos dos o tres kilómetros campo adentro y el monte nativo se abrió ante nosotros, con una vegetación que invitaba al descanso y a la camaradería.
Además, contábamos con una construcción precaria pero funcional: un buen techo sostenido por palos, una mesada de granito, un anafe a leña, un cuarto con cuchetas que no fue necesario utilizar y un baño con lo indispensable, lo que evitó improvisadas corridas al río por cursiaderas inesperadas.El silencio marcaba el tono. Y los grillos armonizaban con un fondo constante, mientras algún pez alterado producía un chapoteo aislado a flor de agua, suficiente para romper la monotonía sin imponer desorden. Luego, el equilibrio regresaba sin esfuerzo
Yo elegí
un sitio cerquita del agua y, como quien no quiere la cosa, después me sacaba
cartel:
—mi apartamento tiene vista al mar.
Ya casi
sobre el mediodía y después de armar todo el campamento, había que probar el
agua del Tacuarí. Turbia, como agua de río, pero calentita. Si bien el fondo
era fangoso en la orilla, resultó muy disfrutable para nadar, rodeados de tanta
naturaleza.

Cerca de
las doce y media, el cordero estaba casi pronto. El calor superaba los treinta
grados y la tarde se repartió entre intentos de siesta y la lucha constante
contra los tábanos, que zumbaban sin tregua y no respetaban ni el agua del río.
El repelente no sirvió de mucho y terminamos a los manotazos, entre nadar y
defendernos.
Mientras las brasas, parejas, marcaban el ritmo, matamos la espera con algunas milongas, guitarra en mano, y algún mate. Pasado el mediodía, el asador anunció que se podía servir y, sin hacernos rogar, largamos la viola, rodeamos la mesa y acompañamos con limón y cervecita fría. Hubo un silencio breve: o estaba muy rico o había mucha hambre. Después, como corresponde, llegó el aplauso merecido, porque en el monte manda el punto de cocción y el asador siempre tiene que tener su reconocimiento.

Sobre
las cuatro y media nos largamos al Tacuarí en el bote, Hugo, Nahuel y yo, con
la excusa de recorrer un poco, mientras Pablo observaba desde la orilla, manso
nomás a la sombra. Hugo, que se sentía capitán de acorazado, sacó un pito y
anunció a viva voz:
—¡Todos
a bordo!
Le
hicimos caso con tanto entusiasmo que nos sentamos mal, el bote escoró y la
proa empezó a tomar agua como si tuviera sed. Media vuelta urgente. Volvimos a
la orilla y, por voto unánime y sin acta, Nahuel quedó en tierra; para tres no
daba la embarcación, ni la fe.
Ya más livianos seguimos río abajo largo rato, bajamos en unas islas y nos quedamos mirando el paisaje, de esos que hacen callar hasta al más conversador. Todo iba bien hasta que el motor empezó con sus dudas existenciales: tosía, amagaba, se apagaba. Yo ya hacía cuentas mentales, calculando cuántos kilómetros habría que remar río arriba y a quién le tocaría la peor parte. Por suerte el Tacuarí nos tuvo paciencia… y el motor también.

Después
de la navegación por el Tacuarí, nos sentamos a pescar desde la orilla. El río
venía calmo y la tarde empezaba a aflojar. Cerca de las seis, Hugo fue a buscar
sus cañas y volvió con una cerveza para cada uno. Se acomodó en la orilla como
si nada, mientras el resto seguía atento al río mostrando sus dotes de
pescadores. El sol empezaba a bajar y el día entraba, sin apuro, en su tramo
final.

Al caer
la noche, el monte fue testigo de un trabajo hecho con calma y maña. Arrancamos
el deshuesado de los carpinchos, sin prisa, pero sin pausa, como se trabaja
cuando uno sabe lo que hace. O eso pensábamos jaja.
La carne
iba directo a la máquina de picar y la tarea se armó sola; uno alcanzaba, otro
giraba la manivela, otro miraba el punto. Entre comentarios cruzados, risas y
algún chiste corto, la faena avanzó pareja, al ritmo tranquilo del campo y de la
noche que ya se había instalado.


DÍA 2
A las 7 de la mañana el mate ya
andaba en la vuelta con el fuego siempre prendido, galleta de campaña, dulce de
membrillo y queso —el clásico Martin Fierro— y pura charla
No había
caído en la cuenta de que teníamos un nuevo integrante en la barra. Claudio, hijo de Ana, la esposa de Javier. Había llegado en la madrugada o en la mañana.
Después de un rato me lo presentaron y, casi sin darnos cuenta, empezamos a
conversar. La confianza apareció enseguida, natural, como pasa cuando no hace
falta explicar demasiado.
Hablábamos
el mismo idioma, el de la amistad y la hermandad cristiana. Y en medio del
monte, lejos de todo, eso alcanza y sobra para que alguien deje de ser nuevo y
pase a ser parte. Y que en realidad el nuevo era yo.
El
cordero rindió como suelen rendir las cosas bien hechas. Comimos durante el
día, volvimos a comer de noche y todavía a la mañana siguiente quedaba carne.
Fría, cortada fina, como un fiambre improvisado que nadie rechazó.
Eran las
9 de la mañana. Hugo había previsto las tripas y, entre todos, fuimos armando
los chorizos con paciencia y algún vinito cortado con Sprite mojando la tronera,
—¡Bien
a lo macho!
decía
Marco, y José acotó,
—la
propia comida del borracho.

El
resultado fue contundente: 32 kilos de chorizos, fruto de un trabajo bien
repartido y entretenido.
Luego
tendimos una cuerda entre los árboles y mientras colgábamos los chorizos, Hugo
daba cátedra:
—Tripita
para arriba, así las moscas no se arriman.
Se sacaba cartel con razón; era el promotor oficial y ya tenía los halagos asegurados.

—No largués la fórmula, Hugo, mirá que después te copian.
Le
gritamos. Se rió, largó el nombre de la barra, con orgullo —Pa’l Monte—
y prometió que el año que viene hay gorritos y remeras para todos con dicha
inscripción.

Allí
quedaron colgados los chorizos, uno al lado del otro, aireándose despacio,
mientras la sombra del follaje y el monte callado, parecía aprobar el
procedimiento.
La tarde
estaba caliente y los aguaciles cruzaban el aire en vuelo rasante anunciando
mal tiempo, pero no, el clima bien de verano nos abrazaba sin tregua y se fue
en amenazas.
Nos
tiramos un rato bajo los árboles a escuchar algún cuento y, cuando el silencio
amagaba con ganar, Hugo arrancó como al descuido, serio, contando sus andanzas
de cazador:
—Estábamos en Paso Hondo, sobre
el río Tacuarembó Grande. Salí a caminar con el cuchillo en la cintura,
tranquilo, mirando el monte, hasta que me di cuenta de que la tarde venía
cayendo más rápido de lo previsto. Ahí dije: mejor pego la vuelta, porque me
agarra la noche y no salgo más.
Cuando llego a un claro para retomar el camino, me
topo con un jaguareté, bien plantado, como si me estuviera esperando. Pensé:
no, por ahí no voy a pasar. Me abro un poco para la izquierda y aparece un
jabalí, con los colmillos como apuntándome, mirándome de frente. Por ahí
tampoco me dije. Miro para la derecha y veo un jaguar, chico, pero de esos
malos de verdad. Y cuando busco la única salida que me quedaba, ahí había un
gato montés, firme, cerrándome el paso.
Me quedé quieto, mirando el panorama, pensando qué
podía hacer con el único fusil viejo que llevaba, que para ese momento servía
más de compañía que de otra cosa.
A todo esto ya no aguantaba más la adrenalina y le pregunté:
¿ Y qué hiciste Hugo?
Así que respiré hondo, me acomodé, pedí permiso
como corresponde… y pasé nomás.
Todo el mundo a reír por aquella gran mentira, y el lo disfrutaba. Pero no paró ahí. Estábamos con Pablito y Nahuel justo debajo de los chorizos, como si el lugar viniera con cartel incluido; “estos los hice yo”. Hugo se acomodó, miró para todos lados y largó una pregunta que ya venía con trampa; si yo sabía lo que era una "gauchada".
Le di mi
opinión, convencido, y encima repregunté. Grave error. Ahí nomás explicó que
había que dar una mano en el casco de la estancia, que la gente de allá no
sabía nada y que, si ayudábamos, después podían venir con más tiempo al
campamento a disfrutar con nosotros. O sea, me estaba haciendo la cama con
paciencia y método. Y como ya había hablado, no me quedó otra que echar para
adelante y acompañarlo, demostrando que en el monte la gauchada siempre se
paga… y casi nunca se cobra.

A las
cinco de la tarde, cuando el sol empezaba a aflojar su rigor y el calor
retrocedía lo justo como para permitir el movimiento, arrancamos con Jorge
hasta el casco de la estancia. Quedaba unos treinta kilómetros, pero no era un
viaje largo. Se trataba de dar una mano acompañando el trabajo que ya venían
haciendo el capataz y los peones curando bicheras en los terneros.
El camino, sin embargo, se
volvió confuso. Entre huellas que se abrían y se cerraban, perdimos la
referencia y llegamos cuando el día estaba en retirada.
El atardecer en el campo es como que tiene una forma particular de despedirse. No apura ni arma alboroto; se va acomodando solo. El sol, ya bajito y cansado, se recuesta en la línea del horizonte y pinta todo de un dorado parejo. En ese rato el tiempo afloja. El campo queda quieto, respirando hondo, y uno entiende que ese atardecer es igual a lo que vivimos; simple, compartido y bien campero, de esos que no hacen ruido pero se quedan.
Allí estaban, Gonzalo, muchacho
ducho en el arte del caballo, de esos que parecen venir atornillados a la
montura; y Eduardo, todo entusiasmo y voluntad, empujando más con ganas que con
técnica. Habían salido de mañana con el mismo plan.
La tarea
era de a caballo y el día se fue deshilachando entre recorridas largas. A medida
que pasaban las horas, el cuerpo empezaba a pasar factura, sobre todo en quien
no estaba tan acostumbrado al rigor de la montura. Ya casi sobre el cierre,
Eduardo se paró en los estribos, hizo un gesto raro, mitad estiramiento, mitad
despedida
y largó con total seriedad.
—Sáquenme el caballo de abajo…
que yo después veo cómo sigo.

La luz se estiraba en sus
últimos reflejos y el trabajo, para entonces, ya había concluido. Pero nada de
eso importó. Nos recibieron como se recibe en el campo a los que llegan, sin
preguntas y con lo que hay para compartir. Aparecieron sillas, después una
riquísima pizza casera y antes de que el silencio se acomodara, Javier, el
capataz, resolvió la noche con una sola frase…
—Tráiganle la guitarra al hombre… y la
guitarra cayó en mis brazos como si me estuviera esperando.
La
música se hizo cargo del resto. Durante más de una hora, las canciones y las
historias fueron pasando de mano en mano, sin apuro, dejando que la noche se
afirmara alrededor. Cuando la guitarra volvió a descansar y el canto se apagó,
alguien lanzó la idea, casi como al descuido, pero con la seriedad que tienen
las cosas simples…
—¿salimos a dar unos tiros, a
ver si aparece algún carpincho?
No pasó
mucho tiempo hasta que estuvimos en camino. Los rifles viajaban acomodados en
las camionetas. Salimos en dos vehículos, metiéndonos en el campo bajo una
oscuridad que no llegaba a ser tal. La luna creciente alumbraba las arroceras,
dibujaba las taipas y dejaba los bañados a la vista, como si el campo no tuviera
intención de esconder nada. No era una noche ideal para la cacería, pero
tampoco hacía falta que lo fuera.
Cuando
bajamos de las camionetas y todavía nos estábamos organizando, lo miré a
Antonio y me di cuenta de que estaba descalzo. Sorprendido, le pregunté si se
había olvidado de los zapatos. Me miró muy serio y respondió, con una
naturalidad que nos desarmó a todos:
—No,
estos zapatos son los que me dio papá desde que nací.
La frase
quedó flotando un segundo y después vino la risa general. El monte habrá
escuchado muchas cosas, pero esa explicación se ganó un lugar propio.
Javier y
Hugo iban adelante, marcando el rumbo con paso seguro. Un poco más atrás Jorge,
tranquilo, con esa forma de caminar que delata experiencia. Cerrando la marcha
Antonio y yo. Él, descalzo, avanzaba sin esfuerzo y, mientras caminábamos, me
iba contando en voz baja historias de otras salidas, recuerdos que aparecían
como al pasar, dichos con naturalidad, como quien charla para acompañar el
andar.
Yo lo escuchaba y hacía lo que
podía. Llevaba bombacha pampera, sí, pero mis zapatitos de cuero no estaban
preparados para aquella faena, absolutamente convencidos de que ese no era su
hábitat natural. Cada tanto me lo recordaban, aunque sin quejarse demasiado.
La noche
estaba clara, generosa. La luna bañaba los pastizales y los bañados, y el campo
se abría entero delante nuestro. No era una noche para grandes proezas, pero sí
para caminarla. Y eso hacíamos; andar despacio, compartir el silencio, las
historias y la risa contenida.
La
cacería, en el fondo, era apenas una excusa. Lo importante iba pasando ahí
mismo, entre paso y paso, con amigos, bajo la luna, en una noche tachonada de
estrellas que valía la pena ser contada.
Antonio, “El Dedo”, era un tipo
muy alegre y rápido para las bromas, sobre todo con los que veníamos de la
ciudad. Estábamos en su mundo, y eso se notaba. Había que aguantarse.
En un
momento, debíamos cruzar una cañada por un tronco que hacía las veces de
puente. Pasaron todos primero; yo quedé para el final. Cuando estaba por
largarme, él se metió en la cañada y me tendió la mano, convencido de que iba a
terminar chapoteando en el fango. Crucé a paso firme, entero y sin chapuzón.
Ya del
otro lado, me miró con seriedad impostada y dijo:
—Vení…
dame la mano otra vez.
Sin
entender accedí muy ingenuo, y el, entre risas y haciendo trompita arremetió…
—Sigamos así, que me gustó…
En el
silencio de la noche, las risas de seguro espantaron todos los carpinchos que
estaban cerca. Ahí entendí que el cruce ya no era el problema; el espectáculo
recién empezaba, y yo había quedado oficialmente designado como el encargado de
hacer reír al resto.
Seguimos
bordeando las taipas hasta que Antonio, en tono sarcástico, me dice:
—Bueno,
amigo, aquí termina lo dulce. Si no quiere que su mujer lo llame al orden,
sáquese los zapatitos y déjelos en el alambrado.
Mis ojos
se hicieron grandes como dos huevos fritos, pero sin decir una palabra quedé en
pata y cargué mis Freeway del Chuy entre los dedos, sin tener la menor idea de
lo que nos esperaba más adelante.
De
pronto, mientras íbamos caminando, Antonio —que venía siempre a mi lado, como
cuidándome— había desaparecido. Miré hacia el costado y ahí lo vi; se había
enterrado de cabeza en el barro. Quedó a lo largo, despatarrado como si
estuviera probando la consistencia del terreno con la cara.
¡Antonio te caíste! Exclamé
Se levantó de inmediato, con una
rapidez inesperada, se sacudió como pudo y, antes de que alguien dijera nada, exclamó,
muy serio y muy sarcástico:
—¡No,
no… yo no me caí. Esto es estrategia de cazadores!...
Entonces
comprendí que no solo había que saber caminar en los bañados, sino también
saber caer con dignidad. Y Antonio, en eso, era un especialista.
Menos
mal que Jorge, me había prestado una campera con capucha, porque el mosquital
era tal que parecía que los mosquitos nos llevaban en andas. El zumbido era
permanente, una especie de coro desafinado sobre nuestras cabezas.
Llevábamos linternas de largo
alcance y yo, queriendo sentirme parte activa de la aventura, alumbraba los
campos como si estuviera buscando señales de otro planeta. En una de esas, un
chajá levantó vuelo alertado por las luces y terminó chocando contra los cables
de alta tensión que cruzaban el campo. Por un instante, el fogonazo pareció un
espectáculo de fuegos artificiales improvisados, como si alguien estuviera
festejando el Año Nuevo antes de tiempo.
—Apaga esa luz
—reprochó Antonio—. Los carpinchos nos ven y se van.
Me
explicó que la costumbre es que solo alumbren los que van adelante, y de forma
alternada, nunca fija. No es como la caza de la liebre, que se encandila y
queda quieta. Acá, si la luz se clava, el bicho desaparece.
Y allí
estaba yo, acostumbrado al asfalto y a la tierra firme, con el agua y el barro
hasta las rodillas, a los manotazos con los mosquitos tratando de mantener el
equilibrio mientras sostenía los zapatitos en la mano. De a ratos me sacaban
ventaja y quedaba solo en aquel lodazal, lo cual que me hacía acordar al burro
de Shrek:
¡No me dejen solito!
Sin duda, si los perdía de
vista, amanecería entre los sarandices.
De
pronto, sonaron un par de tiros…Pero estaba lejos como para ver qué había
pasado. Las linternas paneaban el campo, recortando la orilla de un lagunón. La
presa se había escapado.
Javier
—medio petiso y retacón— decidió treparse a uno de los tacuruses del campo para
ganar altura y ver más lejos. Desde arriba escaneaba el paisaje como si fuera
una torre de control, pero no apareció nada.
Hugo,
contagiado por la idea y queriendo imitarlo, hizo lo mismo. El problema fue que
el calzado no era el adecuado para ese experimento. No llegó a acomodarse,
cuando las hormigas le encontraron los tobillos y empezaron a subir sin permiso.
Bajó del hormiguero a los saltos y a los manotazos en las piernas, largando
algún comentario poco reproducible, mientras las hormigas seguían en lo suyo,
convencidas de que el intruso había entendido el mensaje.
Después
de caminar unos tres kilómetros a lo Rambo, llegamos a lo que llaman el
desagote. Según me había explicado el capataz, mediante grandes bombas sacan
agua del río Tacuarí y la vuelcan en las taipas para regar las arroceras por
inundación. Luego, el excedente escurre hacia el desagote, donde se forma una
gran laguna, y desde allí continúa su curso hasta la Laguna Merín.
En el
desagote, la noche terminó de abrirse del todo. Las linternas barrieron la
orilla y entonces los vimos. Una familia entera de carpinchos, cinco en total,
recostados contra el agua quieta de la laguna.
Todo
ocurrió en pocos segundos. Hubo movimientos rápidos, tensión contenida y
después los disparos. La escena fue breve y definitiva. Cuando volvió el
silencio, los cinco habían desaparecido bajo las aguas. La laguna recuperó su
respiración habitual, como si nada hubiera pasado, y nosotros nos miramos sin
decir demasiado. La noche seguía, pero ya no era la misma.
Seguimos
recorriendo el campo, como haciendo tiempo, y al rato volvimos. Confieso que no
fue fácil encontrarlos. La laguna tenía muchos camalotes y bordeada de
sarandíes altos, de casi dos metros, que cerraban la vista y obligaban a buscar
con paciencia y cuidado.
Me quedé
en la orilla, muy cansado, mientras los cazadores se metían entre los pajonales
y los sarandices en busca de las presas. Desde adentro se escuchaban las voces:
—yo le
pegué a dos… y yo le pegué al grande… eran cachorros.
A lo
lejos, yo seguía batallando con los mosquitos, tratando de registrar todo como
podía. Me senté un rato, agotado, y sin querer dejé los pies al descubierto, ya
entumecidos. Cuando me di cuenta, los mosquitos se estaban dando un festín con
mis dedos. No me quedó otra que enterrarlos en el barro para que dejaran de
picarme.
Confieso
que no fue fácil encontrarlos. La laguna estaba llena de camalotes y bordeada
de sarandices altos, de casi dos metros, que cerraban la vista y obligaban a
buscar con paciencia y cuidado.
Se
metieron en la laguna con el agua hasta el cuello, revolviendo entre el ramaje
y el barranco. Javier llevaba una cuerda con tres anzuelos; la lanzó sobre los
camalotes y comenzó a recoger. Para su fortuna, uno de los anzuelos se había
clavado en el animal. Lo que permitió sacarlo con facilidad. Allí mismo sacó su
cuchillo y, con una destreza quirúrgica envidiable, clavó la daga en la
garganta del animal, lo desangró, le retiró las vísceras y quedó limpio.
Luego
encontraron otros tres y los vaciaron de la misma forma, con la misma rapidez y
pericia, como si ese trabajo formara parte de una rutina aprendida de memoria
en el campo. El más grande no fue posible ubicarlo.
Ahora
venía lo más complicado, al menos para mí; volver arrastrando los carpinchos. Haciéndome
el gaucho, manoteé uno —vaya a saber por dónde— y en la otra mano llevaba mis
zapatitos de veraneo. Menos mal que no hubo registro fotográfico: parecía un
malabarista de circo, entre el barro y el agua, tratando de no perder el
equilibrio.
Cuando quise acordar ya me habían sacado
unos veinte metros de ventaja y, para peor, no podía ni alumbrar con la
linterna. Estaba literalmente sin manos. “El Dedo” me vio a lo lejos, volvió
sobre sus pasos y largó, sin anestesia:
—Ah… que saliste blandito pa’
esto. Traé pa´ acá.
Me sacó
el bicho de la mano, se lo echó al hombro como quien carga una campera, y
seguimos viaje.
Yo,
liberado del peso, recuperé la dignidad… o algo parecido, mientras los
mosquitos seguían de cerca mi humanidad citadina.
Mientras
tanto, la luna se iba descolgando despacio del cielo, perdiendo el brillo
plateado que iluminaba el campo y tomaba un tono tibio, casi dorado. Seguía
siendo la misma luna, hermosa y callada.
Eran las
tres de la mañana cuando llegamos al camino y encontramos los vehículos,
quietos y mudos, como si hubieran estado esperando a que apareciéramos, sin
hacer ruido.
Después
de una breve charla junto al camino, como quien repasa lo vivido para
asegurarse de que fue real, nos separamos. Javier y El Dedo enfilaron rumbo a
la estancia; Hugo, Jorge y yo volvimos hacia el campamento.
Pero
había algo con lo que no contábamos: de noche, en el campo, todos los caminos
se parecen y el GPS no funciona, porque son caminos vecinales y no están
registrados.
Nos
perdimos otra vez. Agotados, sin referencias claras y con el cansancio ya
mandando, intentamos varias salidas que siempre terminaban en alguna estancia
silenciosa, cerrada, con todo el mundo durmiendo. Ni los perros salían.
Preguntar, ni pensarlo. A nuestro paso, lo
único que se oía era el mugir del ganado, que nos observaba con desconfianza,
como sapo de otro pozo, preguntándose —de seguro— qué hacían esos cristianos
deambulando a esas horas; siempre y cuando no nos parara la policía con cuatro
carpinchos en la cajuela de la camioneta.
No
sabemos cómo, de pura casualidad, dimos con el embarcadero del ganado que nos
había marcado la entrada al campo cuando llegamos por la tarde. Fue como
reencontrarse con una señal amiga en medio de la nada; ese punto conocido nos
devolvió de golpe la orientación, el alivio y la certeza de que, al fin,
estábamos en el camino correcto.
Y de allí, sin exagerar, nos esperaban todavía los treinta kilómetros hasta el campamento. Cuando por fin llegamos, lo único despierto era el fuego, que seguía ardiendo como si nos hubiera estado esperando. Nos cambiamos de ropa y armamos una pequeña rueda junto al fogón para picar algo, charlar en voz baja y reírnos de toda aquella aventura, cuidando de no despertar a nadie.
Dia 3
A las seis de la mañana, entre
el canto de los pájaros y el ir y venir de algunos madrugadores, no hubo más
remedio que levantarse. Con cara de mal dormido me arrimé al fogón; apenas
atiné a decir buen día. Se me caían los ojos, pero había que estar.
Para dormir, habría tiempo
después.
Con el
agua ya caliente en la caldera, apronté el amargo con alguna galleta de campaña
y, de a poco, entre mate y mate me fui recuperando de la maratón nocturna.
La rueda estaba preciosa; cada
uno contando historias, cuentos y a ver quién mentía más. Todos parecían
cazadores expertos; yo, manso nomás, escuchando. Y el fuego, como siempre,
seguía ardiendo.

José,
que también demostraba haber tenido una vida de campo, hamacaba el amargo
mientras intentaba contar algo que no recordaba del todo. En un momento me miró
y largó:
—A ver,
vos que sos escritor… ¿cómo se escribe, dormiendo o durmiendo?
Yo,
rápido e ingenuo, respondí:
—Se
escribe durmiendo.
—No
—dijo, largándose a carcajadas—, se escribe despierto, si no, ¿cómo haces para
ver?
Todo el
mundo a reír, y yo, manso nomás, me tragué la vergüenza mientras cebaba otro
mate.
Casi
sobre las risas y como diciendo tengo una buenísima, se plantó Jorge, el
bombero, y ya desde el tono con que arrancó uno sabía que venía grande. Según
él, existía un tal Clodomiro Borba, personaje de leyenda o de sobremesa larga,
que había salido a cazar carpinchos con un detalle no menor; tenía una sola
bala. Para colmo —siempre según Jorge— se le cruzaron dos bichos hermosos, bien
puestos, mirándolo como diciendo a ver qué hacés ahora.
Clodomiro no dudó. Sacó el
cuchillo, lo apoyó con una precisión casi científica en el medio del caño del
arma, acomodó la bala como quien parte un asado con regla y, al disparar, la
bala se abrió en dos, limpia y obediente. Resultado; dos carpinchos fulminados,
uno a cada lado, cayendo al mismo tiempo, como si hubieran ensayado.
Jorge lo
contaba con tanta convicción, agrandando los ojos y acompañando con las manos,
que por un segundo a uno le daban ganas de creerle. Después mirabas alrededor,
veías las sonrisas cómplices, y entendías que aquello no era un cuento; era un
campeonato de mentiras… y Jorge iba puntero.
Al rato
volvió José con sus historias. Contaba que existía un concurso de despistados
donde se premiaba al más vivo del grupo. Las preguntas iban y venían, y el
primero en responder se llevaba el título. Yo estaba ahí, medio colgado, pero
con una oreja atenta. José dudó antes de largar la pregunta y me miró como
pidiendo auxilio.
—¿Cómo
se llaman esas camas que van una arriba de la otra?
Y yo,
agrandado por tener la respuesta, respondí sin pensar:
—Cuchetas.
Se desató la risa general y José,
señalándome, sentenció:
—Ahí está… el campeón de los despistados.
Fue
entonces cuando me di cuenta de que me habían agarrado pa’l churrete, así que,
manso nomás, seguí cebando mates mientras las risas me pasaban por arriba.
A esa
hora, algunos ya estaban en plena faena de pesca: Pablo, Miguel, Nahuel…
fanáticos de la caña que no podían esperar ni un minuto más para tentar algún
pez del Tacuarí, Marco se había ido a dar un baño al río y volvió a los trotes,
corrido por los tábanos, a los manotazos limpios, pero fresco como lechuga
recién cortada. Se arrimó a la rueda, que ya se estiraba bajo la mañana
soleada, y se sentó como si nada, mientras el mate seguía girando y el día
terminaba de acomodarse.
Sabíamos
que había mucho trabajo por delante. Estaban los carpinchos para cuerear, otros
para deshuesar y , además nos habíamos propuesto tirar uno a la parrilla para
el almuerzo. El descanso podía esperar; el día ya venía pidiendo manos y
cuchillo.
Pasado
el mediodía cayeron Javier y Ana, su esposa. Picamos alguna cosita y, como era
de esperar, a los dos minutos ya se estaba barajando. Se armó un truco de esos
bravos, con miradas filosas y silencios sospechosos. Me invitaron a jugar, pero
como ustedes saben, yo no miento… así que preferí cuidar la amistad y hacerme
el distraído, jaja.
Entre
baraja y baraja alguno largó una flor, bien cantada y sin permiso:
—Flor
y contra flor, con el alma en la mano, si no me creen ahora pregúntenle
al verano.
El sol
empezó a picar fuerte sobre la mesa improvisada y, entre tanto “quiero”
dudoso y alguna seña más que evidente, terminaron disparando bajo los árboles.
Ahí sí que perdí la noción del tiempo; el mate iba y venía, también algún
vinito cortado, las cartas volaban y las cargadas subían de tono.
La parrilla daba señales de que al lechón que teníamos tomando sol a las brasas le faltaba poco.
Al ratito nomás, el hijo de José, Gonzalo, arrancó con sus milongas bien camperas, como quien tira una cuerda salvadora. Me arrimé con la viola y, sin darnos cuenta, el truco quedó olvidado. Se armó un encuentro de esos que salen solos, con la guitarra marcando el pulso, las carcajadas livianas y el monte atento, sin meterse. Pablito, cruzado de piernas debajo de su gorro como escondiendo la risa, Nahuel con su mansedumbre escuchaba tranquilo, mientras Marco en su silla petisa, sentado a lo indio, disfrutaban de las canciones que con Gonzalo alternábamos.
Más tarde, cuando el canto fue quedando atrás, alguien anunció a los gritos:
—¡Está pronto el asado!
Miguel,
Marco, José y Javier tomaron a su cargo la ensalada. Dijeron que era para
acompañar la carne, pero a juzgar por las cucharadas que volaban, parecía más
bien un ensayo general antes del almuerzo.
Una mesa
larga apareció bajo la arboleda y nos arrimamos sin apuro. Hubo un momento de
recogimiento para agradecer lo vivido y, enseguida, de pie y compartiendo,
empezamos a probar el lechón asado. Sencillo, sabroso, bien adobado…inolvidable.
Cuando le
estábamos entrando al lechón, ya confiados y con las tablas calientes, largué
la broma casi por reflejo:
—Está medio crudo eso…
Javier,
sin levantar la vista y siempre atento al mostrador del fogón, respondió al
instante:
—Más
crudo comían los indios.
La
carcajada fue general y la carne siguió desapareciendo como por arte de magia,
confirmando que, crudo o no, estaba en su punto justo para no dejar ni las
migas.
La
guitarreada siguió un buen rato después de comer entre refrescos, vino cortado
y charla. Más tarde, como de sobremesa, Ana —la esposa de Javier— nos
fue ilustrando sobre las costumbres del carpincho, con esa forma tranquila de
quien habla porque ha mirado mucho. Contaba que son animales extremadamente
sociales, que viven en grupos organizados, donde las crías no pertenecen del
todo a una sola madre. Cuando hay varias hembras dando de mamar, los cachorros
se arriman sin demasiados protocolos y maman de cualquiera que esté disponible,
como si la familia fuera una sola y sin discusiones.
Enseguida empiezan a comer
pasto, aunque siguen prendidos a la teta varios meses, hasta que el grupo
decide que ya es hora de espabilar. Ahí vienen los empujones suaves pero firmes;
los adultos los van corriendo, marcándoles que llegó el momento de armar rancho
aparte. Algo así como un “hasta acá te acompañamos, de ahora en más arréglate”,
dicho sin palabras pero bien claro.
No lo decía con pena, sino con
esa lógica simple del monte, donde todo sigue su curso y nadie se ofende.
La tarde
seguía su curso y los carpinchos casados la noche anterior seguían ahí, sobre
la mesa improvisada, intactos, mirándonos con cara de reproche. Nadie se
animaba a meterles mano. Se los rodeaba, se comentaba algo, se servía otro vino…
pero el primer corte no salía.
Cuando
Javier los vio, no hizo anuncio ni discurso, miró los animales, sacó el cuchillo
y arrancó como quien vuelve a un trabajo conocido. Eduardo se le sumó enseguida
y, sin muchas palabras, comenzaron. Lo que siguió fue casi hipnótico. Cortes
precisos, seguros, sin desperdicio. El cuchillo parecía moverse solo, guiado
por años de campo. En un ratito, los cuatro carpinchos estaban cuereados y
listos para seguir su destino.

Nos
mirábamos callados, con ese asombro que se siente cuando el oficio aparece. El
truco y la guitarra habían tenido su momento, pero ahora mandaba otra música:
la del cuchillo certero en cada tajo y corte.
Javier y Ana se marcharon para la casa, pero no quedó ahí; era el último día del año y había que rematar con algo que realmente llenara el estómago y el espíritu. José y Eduardo se pusieron a cocinar un guiso con chorizo de carpincho.
Armamos
el trípode con la olla enorme colgando sobre el fuego, como si fuera un caldero
mágico que prometía milagros culinarios. El aroma comenzó a expandirse,
mezclándose con el humo del fogón y el olor a monte que nos acompañaba desde que
llegamos.
Entre
risas, mate y comentarios, cada uno aportaba lo suyo; alguien revolvía con cuidado,
otro controlaba el fuego, mientras se aseguraban de que los chorizos se
cocinaran parejos y que el guiso tomara ese color y textura que solo sale
después de un rato de paciencia. La charla fluía, cargada de recuerdos del año
que terminaba y de planes para el que venía, mientras la olla gigante parecía
tragarse toda la tensión y devolverla convertida en calor y aroma.
Cuando finalmente se probó el guiso, era imposible no sonreír: estaba potente, con sabor profundo y bien camperón, justo como pedía el final de un año que había empezado con aventuras, agua de río, mosquitos y música. Allí, alrededor del fuego, con la luna ascendiendo y el monte en silencio como testigo, se sintió que todo el esfuerzo valió la pena. El último día del año se cerraba con el guiso en la olla, los amigos alrededor del fogón y la certeza de que el recuerdo de aquel campamento perduraría mucho más allá de la última chispa del fogón.
Un
capitulo aparte se lo llevaban las noches de luna sobre el río. El aire cálido
permanecía estable y las sombras conservaban su lugar. Todo parecía responder a
una lógica simple y exacta, donde la noche no necesitaba adornos para
imponerse.
La luna
trazaba su recorrido luminoso sobre el agua, y el monte, recogido en la
oscuridad, establecía un límite preciso entre lo visible y lo intuido. El cauce
avanzaba con discreción, sin urgencias, sosteniendo reflejos que variaban a
cada ondulación.
El
silencio marcaba el tono. Y los grillos armonizaban con un fondo constante,
mientras algún pez alterado producía un chapoteo aislado a flor de agua,
suficiente para romper la monotonía sin imponer desorden. Luego, el equilibrio
regresaba sin esfuerzo.
El
primer día del año amaneció tranquilo. Sin sobresaltos. El sol se colaba despacio
entre el monte y la ribera del río Tacuarí, iluminando la carpa y las mesas aún
con restos de la noche anterior. Todo parecía en calma; el fuego todavía
humeaba en el fogón, algunos pájaros se animaban a cantar, y el río murmuraba
suave, como si también estuviera tomando respiro.
Los que
estaban despiertos se movían con calma; unos revisaban la parrilla, otros
preparaban mate, y algunos simplemente se sentaban a disfrutar del aire fresco
y del silencio, interrumpido solo por el canto de los pájaros, risas dispersas
y comentarios sobre las aventuras de la noche anterior. Era el inicio del año,
pero en el monte todo parecía suceder a otro ritmo, más lento y más nuestro.
Ese día,
José y algunos más debían dejar el campamento, así que tocaba reorganizarse. Entre
todos, empezamos a acomodar cosas, repartir tareas y planear quién se quedaba
con qué. Cada movimiento era parte de la rutina del monte; asegurar carpas,
revisar provisiones, acomodar sillas y preparar algún mate mientras se charlaba
de la noche pasada y se planeaba cómo seguir aprovechando el primer día del año
sin perder ni un instante de tranquilidad.
Nos
sacamos una foto en grupo, todos juntos, con el río y el monte de fondo, para
guardar aquel recuerdo que olía a verano y aventura. Para el mediodía, sin
embargo, ya éramos menos y el campamento quedó más vacío, pero con provisiones
y tareas listas, todo para seguir disfrutando de aquel primer día del año a
nuestro ritmo.
Los que habían desaparecido desde temprano en el bote eran Pablo y Miguel. No supimos nada de ellos hasta las once y media de la mañana. Para esa hora, la chalana volvió cargada, pesada, con tarariras, bagres y pintados que asomaban como prueba irrefutable de la faena. Venían con una cara de felicidad que se les notaba de lejos, de esas que no necesitan explicación y confirman que la madrugada había valido la pena.
Apenas llegaron con los baldes llenos, Marco tomó la posta en la cocina. Con decisión fue cortando el pescado en rodajas para llevarlo al disco, y el crujido del aceite hirviendo empezó a sonar como música para mis oídos. En el otro extremo de la parrilla, los chorizos de carpincho, acomodados en rueda, se cocinaban despacio, casi al descuido, largando ese aroma que avisa que la espera va a valer la pena.

El humo subía lento, mezclando aromas de río y monte, y el campamento entero parecía girar alrededor de ese momento; fuego, comida y caras satisfechas que anunciaban otro almuerzo para el recuerdo.
El tiempo se puso medio feo; nubarrones cargados se acercaban y yo apenas atiné a ordenar mi carpa y ajustar el toldo. Parecía que se venía lluvia, y de hecho cayeron algunas gotas sueltas, como aviso del aguacero que rondaba.
No solo
yo tuve el presentimiento de lluvia; Pablo lo sintió igual. Y cuando hay
amenaza de agua, él ya sabe: no puede faltar la pizza a las brasas. Así que se
puso manos a la obra y nosotros a colaborar.

Sobre la
mesa, el amasijo y los aderezos iban tomando forma, mientras, por otro lado,
íbamos preparando la salsa, oliendo a hierbas y fuego que prometían una pizza
inolvidable. Para coronar, al final se sumó la muzzarella, fundiéndose en hilos
sobre la masa que ya estaba lista en la parrilla.
Mientras la pizza se acomodaba en el fuego, preparamos otro amargo. Entre mate y risas, el aroma de la salsa y el calor de la parrilla se mezclaban con la charla del grupo, haciendo que la espera del primer bocado se sintiera como parte del disfrute.
El resto de la tarde se fue en desarmar las carpas, juntar cada cosa y dejar el predio como si nada hubiera pasado, aunque sabíamos que no era así. El monte había sido testigo y algo quedaba, aunque no se viera. Mientras cargábamos los vehículos, el ruido de las conversaciones bajaba de a poco y empezaban a aparecer esos silencios cómodos, cargados de cansancio y satisfacción.
Nos
íbamos despacio, con el cuerpo agotado y la cabeza liviana. Quedaban las
charlas, las risas, los errores y los aciertos, todo ordenándose en la memoria.
Y, sobre todo, quedaba la alegría tranquila de haber compartido el tiempo justo
y de haber encontrado nuevos amigos, de esos que no necesitan presentación ni
promesas, porque el monte ya hizo el trabajo.
PA´L MONTE
Pal Monte nos lleva el día,
con el mate abriendo el fuego,
rumbo al río Tacuarí,
la
amistad marca el sendero.
Se sacude el pajonal,
sale un carpincho apura'o,
cruza el río de un tirón
y nos deja comentando
Las tarariras esperan
donde el agua está más clara
quietas como alguna historia
que el silencio siempre narra.
Estribillo
Pa' monte, pal monte,
rumbo sin explicación,
pa'l monte, pa'l monte,
manda el río y la canción.
Rueda de mate madrugador
cuento viejo y voz tranquila,
mentiras de cazadores
y pescadores de orilla.
La chalana pescadora
cruza el agua sin hablar,
las cañas con su cencerro
marcan
la nota al pasar.
Un lagarto anda en la vuelta
y se escurre montaraz,
y nosotros, a la sombra,
guitarreando
sin parar
Estribillo
Pa'l monte, pal monte,
rumbo sin explicación,
pa'l monte, pal monte,
habla el río, canta el sol.
Las estrellas forman ronda,
como escuchando contar,
lo que el monte vio en silencio
en el monte quedará
El guiso hierve en una olla negra,
la barra pronta con hambre está;
el humo sube y se mece lento,
y el cocinero se lucirá.
La luna cae sobre el río,
Color de plata su reflejar,
canta el grillo en las barrancas
lo lindo de la amistad
Estribillo final
Pa'l
monte, pal monte,
cuando
manda el resplandor,
pa'l
monte, pal monte,
manda
el río y la canción.
Pa'l
monte, pal monte,
rumbo
sin explicación,
pa'l
monte, pal monte,
habla
el río, canta el sol.




Comentarios
Publicar un comentario